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El día que un periódico mató a Alfred Nobel
15 de agosto de 2026Liderazgo

El día que un periódico mató a Alfred Nobel (y por accidente le mostró su propio legado)

Erik Erikson identificó una etapa psicosocial que la mayoría de los profesionales cruza sin saberlo: el momento donde el logro deja de bastar y el legado empieza a exigir su lugar. La pregunta no es si usted llegará ahí. Es si llegará por decisión propia o por accidente, como le pasó al hombre que inventó la dinamita.

En 1888, un periódico francés cometió un error que cambiaría la historia de la filantropía mundial: confundió la muerte de Ludvig Nobel con la de su hermano Alfred, y publicó el obituario equivocado. El titular decía algo que Alfred jamás olvidaría: "El mercader de la muerte ha muerto." El artículo lo describía, con toda razón técnica, como el hombre que había hecho fortuna inventando formas más eficientes de matar personas.

Alfred Nobel, todavía vivo, leyó su propio obituario. Y no le gustó lo que decía.

Durante las siguientes semanas cambió su testamento. Destinó la mayor parte de su fortuna a crear un premio anual para quienes hicieran el mayor beneficio a la humanidad en física, química, medicina, literatura y paz. Hoy, más de un siglo después, casi nadie recuerda la dinamita cuando escucha su apellido. Recuerdan el premio.

Nobel tuvo algo que casi nadie tiene: la oportunidad de leer su propio obituario en vida y corregirlo a tiempo.

La etapa que Erikson nombró y que casi nadie reconoce

El psicólogo Erik Erikson (1963) describió el desarrollo humano como una secuencia de crisis psicosociales, cada una con dos salidas posibles. En la adultez media —aproximadamente entre los 40 y los 65 años— ubicó una que rara vez se discute fuera de la academia: generatividad versus estancamiento.

Generatividad, en los términos de Erikson, es la necesidad de cuidar y guiar a la siguiente generación, de crear algo que sobreviva a la propia existencia, de sentir que la vida contribuyó a algo más grande que el propio currículum. La alternativa —el estancamiento— no se manifiesta como fracaso visible. Se manifiesta como una sensación difusa de vacío en medio del éxito, una pregunta que empieza a aparecer sin invitación: ¿y todo esto, para qué?

La mayoría de nosotros no tiene un periódico que nos publique el obituario equivocado a los cincuenta años para despertarnos a tiempo. Por eso hay que hacer el ejercicio de forma deliberada, mucho antes de necesitarlo.

Por qué el logro no es lo mismo que el legado

Décadas después de Erikson, los psicólogos Dan McAdams y Ed de St. Aubin (1992) desarrollaron una escala para medir la generatividad y encontraron algo revelador: las personas con alta generatividad reportan mayor bienestar psicológico y mayor sentido de vida que quienes solo acumulan logros individuales, incluso controlando el nivel de éxito profesional alcanzado.

El hallazgo distingue dos motivaciones que suelen confundirse. La motivación agéntica (el impulso por destacar, competir y superar la marca anterior) es la que llevó a Nobel a construir un imperio industrial. La motivación comunal (el impulso por que otros crezcan gracias a lo que uno hizo, aunque no quede constancia de quién lo hizo posible) es la que lo llevó, casi al final de su vida, a rediseñar por completo qué palabra querría ver junto a su nombre.

Ambas son legítimas. El problema aparece cuando una carrera entera se construye solo sobre la primera, y la segunda nunca llega a desarrollarse —porque nadie la exigió, ni el KPI, ni el bono, ni la evaluación de desempeño.

"La generatividad no espera a que se acaben las metas. Se construye al mismo tiempo que ellas, o no se construye nunca." -ALC

El trofeo y el epitafio no compiten por el mismo espacio

El escritor David Brooks (2015) popularizó una distinción útil para entender esta tensión: las virtudes de currículum —lo que se pone en un perfil profesional, lo que se premia en público— frente a las virtudes de epitafio, lo que la gente diría de nosotros después de que ya no estemos, lo que de verdad determinó si fuimos buenos compañeros de camino.

No son enemigas. Pero compiten por el mismo recurso escaso: el tiempo y la atención de una persona durante su edad productiva. Y en un entorno organizacional que mide, premia y celebra casi exclusivamente las virtudes de currículum, las de epitafio tienden a quedar para "después" —para cuando haya tiempo, para cuando se jubile, para cuando ya no tenga que competir por el número uno.

Ese "después" casi nunca llega solo. Hay que construirlo, con la misma disciplina con la que se construyó el número uno.

Generatividad no es una etapa que llega. Es una práctica que se construye

Aquí está el punto que más se malinterpreta: la generatividad no aparece automáticamente a los cincuenta, como un interruptor que se enciende con la edad. McAdams y de St. Aubin encontraron que las personas más generativas en la adultez tardía ya mostraban señales de esa orientación —mentoría genuina, interés real en el desarrollo de otros, decisiones que priorizaban el impacto sobre el reconocimiento— mucho antes, durante los años de mayor presión por resultados.

Eso significa que la pregunta correcta no es qué obituario corregiremos a los setenta años. Es qué podemos empezar a escribir distinto esta semana, sin dejar de vender, sin dejar de competir, sin renunciar a ninguno de los premios que todavía queremos ganar.

Mentorear a alguien sin que sea nuestra responsabilidad formal. Compartir el conocimiento que costó años adquirir, en lugar de guardarlo como ventaja competitiva. Preguntarle a alguien cercano, de verdad, qué ha logrado —y escuchar la respuesta completa.

Ninguna de esas acciones aparece en una evaluación de desempeño. Todas aparecen, tarde o temprano, en el obituario real de una vida.

Una lectura para el camino

La revolución del sentido, de Fred Kofman —asesor de liderazgo en Google y exvicepresidente de desarrollo ejecutivo en LinkedIn—, parte de una premisa incómoda: el motor real detrás de la ansiedad organizacional no es la falta de eficiencia, es el miedo a la muerte sin haber vivido con sentido. Un libro que convierte esa inquietud existencial en una guía práctica de liderazgo trascendente.

en fin…

Erikson no dijo que había que elegir entre el logro y el legado. Dijo que quien nunca construye el segundo, tarde o temprano siente el vacío del primero. Alfred Nobel tuvo la fortuna extraña de ver su propio obituario a tiempo para reescribirlo. La mayoría de nosotros no tendrá esa advertencia.

¡Saludos!

Por Allan Lorìa C.
Referencias
  1. Brooks, D. (2015). The road to character. Random House.
  2. Erikson, E. H. (1963). Childhood and society (2nd ed.). W. W. Norton & Company.
  3. Kofman, F. (2018). La revolución del sentido: El poder del liderazgo trascendente. HarperCollins.
  4. McAdams, D. P., & de St. Aubin, E. (1992). A theory of generativity and its assessment through self-report, behavioral acts, and narrative themes in autobiography. Journal of Personality and Social Psychology, 62(6), 1003–1015.
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