← Volver al blog
Lecciones de contabilidad e ingeniería para envejecer: el manual de mantenimiento que nadie te dio
9 de agosto de 2026Longevidad

Lecciones de contabilidad e ingeniería para envejecer: el manual de mantenimiento que nadie te dio

En finanzas, todo activo se deprecia con el uso —y aun con el mejor mantenimiento, ese valor nunca deja de caer con el tiempo. Lo único que cambia es qué tan rápido cae, y dónde termina. Ese principio, tan elemental en cualquier hoja de balance, es exactamente el que ignoramos cuando se trata de nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestras relaciones.

Hace unos meses, durante una charla corporativa sobre longevidad y liderazgo, expliqué frente a un auditorio de gerentes el concepto de valor residual decreciente: la idea contable de que todo activo fijo pierde valor con el uso, y que lo único que un buen mantenimiento logra no es detener esa caída, sino hacerla más lenta y dejar un piso más alto al final.

Al terminar, se me acercó Marcela, gerente comercial de una empresa regional, de 45 años. Me dijo algo que se me quedó grabado: "Yo audito cada activo de mi empresa. Sé exactamente cuánto vale cada máquina y cuánto se deprecia cada año. Pero nunca había pensado que yo también soy un activo con una curva de depreciación."

Le pregunté cuándo fue su último chequeo médico completo. Lo pensó. Tres años. Le pregunté cuándo fue la última vez que aprendió algo fuera de su rutina laboral. Más de uno. Le pregunté por su círculo social. Las mismas doce personas de hace una década.

Marcela no tenía un problema de conciencia. Tenía un punto ciego contable.

El concepto que viene de las hojas de balance

En contabilidad, todo activo fijo —una máquina, un vehículo, un edificio— pierde valor con el paso del tiempo simplemente por usarse. A eso se le llama depreciación. Y al monto que ese activo conserva al final de su vida útil se le llama valor residual.

Aquí conviene ser preciso, porque la metáfora se rompe si se simplifica de más: el mantenimiento no detiene la depreciación. El tiempo y la edad del activo siempre entran en la ecuación —eso no lo cambia ningún cuidado, por excelente que sea. Lo que el mantenimiento sí modifica es la pendiente de esa caída y el punto donde se estabiliza. Dos máquinas idénticas, compradas el mismo día, llegan igual de viejas al final de su vida útil. Pero una puede conservar el doble de valor residual que la otra, según cómo fue tratada en el camino.

Ese matiz es, en realidad, el argumento completo. Nadie escapa al paso del tiempo —ni una máquina, ni una persona. Lo que sí se decide, aporte a aporte, es cuánto valor queda cuando el tiempo haya hecho lo suyo.

Nadie se sorprende de este principio en una empresa. Lo aplicamos sin cuestionarlo a la maquinaria, a la flotilla, al edificio. Lo que sorprende es que dejamos de aplicarlo exactamente donde más debería importarnos: en nosotros mismos.

El capital humano que se deprecia en silencio

El economista Gary Becker (1964) fue el primero en formalizar una idea que hoy parece obvia pero que en su momento resultó revolucionaria: las personas no solo poseen capital financiero, poseen capital humano —conocimientos, salud, habilidades y relaciones que, igual que cualquier otro activo, requieren inversión sostenida para no perder valor más rápido de lo necesario.

La diferencia es que el capital humano no llega con una tabla de depreciación adjunta. Nadie nos entrega, a los veinte años, un cronograma que diga cuánto valor perderemos cada año si no mantenemos el cuerpo, la mente y los vínculos. Por eso la caída avanza en silencio. Se nota solo cuando la pendiente ya fue pronunciada durante demasiado tiempo.

Cuerpo: la diferencia entre declinar temprano y declinar tarde

El médico James Fries (1980) propuso una idea que cambió la manera de entender el envejecimiento físico: la compresión de la morbilidad. Su planteamiento no es que la enfermedad se evite —se envejece igual, biológicamente, con o sin cuidado. Lo que su investigación muestra es que la discapacidad y la enfermedad pueden comprimirse en un periodo breve al final de la vida, en lugar de extenderse durante décadas, si el cuerpo recibió mantenimiento constante durante la edad productiva.

Traducido a términos contables: no se trata de detener el reloj. Se trata de que los años vividos, casi todos, conserven valor residual alto —y que la caída final sea corta.

Mente: la reserva que se construye antes de necesitarla

El neuropsicólogo Yaakov Stern (2009) documentó algo igual de contundente sobre la capacidad cognitiva: las personas que mantienen su mente activa —aprendiendo, resolviendo problemas nuevos, exponiéndose a ideas distintas— desarrollan lo que él llamó reserva cognitiva. El deterioro biológico avanza igual para todos con la edad. Pero ante el mismo nivel de deterioro, quienes tienen mayor reserva funcionan mejor durante más tiempo antes de que ese deterioro se vuelva visible.

La reserva no se construye a los setenta. Se construye, aporte constante tras aporte constante, en las décadas donde casi nadie piensa que la va a necesitar.

El modelo que integra los tres dominios

Los investigadores John Rowe y Robert Kahn (1997), al frente del estudio MacArthur sobre envejecimiento, propusieron un modelo que sigue siendo referencia obligada: el envejecimiento exitoso nunca significó ausencia de envejecimiento. Significó llegar a él con tres condiciones sostenidas juntas —baja probabilidad de enfermedad y discapacidad, alta capacidad física y cognitiva, y compromiso activo con la vida, que incluye tanto relaciones como propósito.

Ese tercer pilar es el que más se descuida. No por falta de conciencia, sino por falta de urgencia percibida. Una relación que se enfría no manda una alerta como lo hace un dolor físico. Se deprecia sin ruido.

Mantenimiento preventivo, no correctivo

En ingeniería de activos existe una distinción que aplica aquí sin necesidad de forzar la metáfora: el mantenimiento preventivo, programado, sostenido en el tiempo, siempre cuesta menos y deja un valor residual más alto que el mantenimiento correctivo —el que se hace apurado, después de que algo ya falló.

Ahí entra otro concepto útil del mantenimiento industrial: la diferencia entre producción y capacidad de producción. La producción es lo que un equipo rinde hoy, en este momento —el resultado inmediato, sin importar a qué costo se logró. La capacidad de producción es distinta: es la posibilidad de sostener ese mismo nivel de rendimiento en el tiempo, y esa posibilidad depende directamente del mantenimiento preventivo que el equipo haya recibido. Un equipo puede producir al máximo hoy y, aun así, tener su capacidad de producción comprometida —porque nadie le dio el mantenimiento que esa producción exigía.

Con las personas ocurre lo mismo. Muchos líderes muestran una producción excelente año tras año —resultados, metas, entregas— mientras su capacidad de producción real se erosiona en silencio, porque el cuerpo, la mente o los vínculos no recibieron el mantenimiento que ese ritmo exigía. La producción de hoy no avisa nada sobre la capacidad de producción de mañana. Por eso el fallo, cuando llega, no se ve venir: no es un declive gradual, es un colapso repentino. Un infarto. Un quiebre emocional. Una relación que se rompe sin aviso previo, aunque llevaba años dando señales que nadie quiso leer.

Revisar la salud antes del síntoma. Aprender antes de que el conocimiento quede obsoleto. Llamar antes de que la relación se sienta distante. Sostener la capacidad, no solo la producción. Ninguna de esas acciones es urgente el día que se hacen. Todas lo son cuando se dejan de hacer.

Una lectura para el camino

Alarga tu esperanza de vida, del genetista David Sinclair, plantea una tesis que resuena directamente con esta metáfora: el envejecimiento se comporta como una pérdida progresiva de información biológica, no como un destino fijo —y buena parte de esa pérdida responde a cómo tratamos al organismo durante las décadas activas.

en fin…

Nadie detiene el reloj. Ni una máquina ni una persona escapan a la curva de depreciación que impone el tiempo. Pero el valor residual nunca es un accidente: es la suma visible de miles de decisiones invisibles de mantenimiento, tomadas años antes de que alguien las note.

Usted sí se está haciendo viejo —eso no se negocia. Lo que todavía se decide, hoy y no el día que empiece a dolerle, es cuánto valor conserva mientras el tiempo hace lo suyo.

Por Allan Lorìa C.
Referencias
  1. Becker, G. S. (1964). Human capital: A theoretical and empirical analysis, with special reference to education. University of Chicago Press.
  2. Fries, J. F. (1980). Aging, natural death, and the compression of morbidity. New England Journal of Medicine, 303(3), 130–135.
  3. Rowe, J. W., & Kahn, R. L. (1997). Successful aging. The Gerontologist, 37(4), 433–440.
  4. Sinclair, D. A., & LaPlante, M. D. (2019). Lifespan: Why we age—and why we don't have to. Atria Books.
  5. Stern, Y. (2009). Cognitive reserve. Neuropsychologia, 47(10), 2015–2028.
Comunidad

Únete a Creciendo Juntos®

Suscríbete y recibe nuestra newsletter.